Róbale un segundo al día.
Aspira el humo de sus ojos y derrama su ceniza
donde nuestra voz dejó de hacer eco.
Coge la fruta del deseo, aplástala y
deja caer su jugo por el surco que dejó aquella lágrima.
Y ahora abre los ojos. ¿No ves nada?
Sólo es un lunar en la pupila...
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