Escribo con un nudo en la garganta, lagrimas en los ojos y nuestra
imagen en la cabeza. Las fotos de mi pared me martirizan, me apuñalan miles de
recuerdos que llevan el nombre de ‘Bellota’ escrito. Escribo en papeles
sucios dejando pasar el tiempo y esperando que pasen estos cuatro días que me
quedan hasta que te vayas. Escucho nuestro disco, y las canciones suenan como
eco en mi cabeza.
Sentada, tras una ventana que ilumina nuestras fotos, mi
ordenador y un recuerdo, te busco donde jamás te encontraré, en suspiros vacíos
que inspiran soledad y desamparo, el que me lleva a llamarte una y otra vez
para silenciarme con tu voz. Tus palabras clavadas en mi cabeza suenan sin
retorno: “te quiero, bellota”. Escucho esa grabación mientras pienso que no
volveré a oírla en persona. Y sigo buscando la forma de que te quedes, de
demostrarte que la distancia no siempre es el olvido, de repetirte que esto no
es el final. No lo es.
Pasan los días, tú y yo nos ahogamos en los cuarenta grados
de Sevilla, y sólo sonreímos. Paseamos
de nuevo haciendo lo que siempre solemos hacer, así cuando no estés, puedas
recordarlo todo tal y como ha sido siempre. Porque después de estos dos años,
aspiro a que cuando allí a donde vayas te pregunten sobre “Sevilla” no sólo
pienses en los “sevillanitos gilipollas” a los que tanto odias. Espero que en
ese momento se te vengan a la cabeza nuestras tardes en el parque del Loco con
nuestro Sandevid y con los otros vicios; nuestras agendas pintadas; nuestras quedadas
antes de ir al colegio; mi invasión en tu burbuja vital,…
Y sin embargo nadie sabe lo que puedo hacer por ti, ni siquiera tú.
Te quiero, hermana.
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