Cámbiame por dos pesetas,
por el balón del mundial de Sudáfrica, por las piernas de Iniesta, por el
cerebro de Bill Gates. Cámbiame por un pecho bonito, por una bella sonrisa, por unos
ojos azules, por una chica bohemia. Cámbiame por París, por un paseo por el Guadalquivir,
por una noche en Barcelona, por un rato con el ignorado amor de tu vida, por
una tarde en Venecia, por un poeta, por una letra, por un rayo caído en la
arena. Cámbiame por un verso, por un bosque, por un zumo de naranja, por un león que se
convertirá en rey, por el pan sin su ‘Peter’, por el ciego de el lazarillo, o por cuatro camellos. Cámbiame por
una buena mermelada, por un solomillo al whisky, por (otra) una egoísta, por una noche
en vela, por un cielo repleto de estrellas, por un villano, por un héroe, podría
incluso soportar que me cambiases por una rubia... pero, por favor, no me
cambies nunca por un plato de ensalada ...
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