lunes, 2 de diciembre de 2013

La llamaron fría. Ignorantes de que el hielo quema.

Se decidió a entrar a clase envuelta en una sensación de embriaguez que le rodeaba el cuerpo. Lo hizo segura, con la frente en alto y la sonrisa fría. Todos la contemplaban. Siempre lo hacían: ellas anhelando reflejarse en el espejo pareciéndose un poco a ella, ellos lamentándose no llegar a ser jamás lo suficiente para alguien como ella.
Sus ojos del color fuego se clavaron sin piedad sobre el profesor que esperaba a que ella se sentara. El color se asemejó al verano cuando dirigió la mirada a sus amigas.
Ella era alta, guapa, lista. Ella era bonita, achuchable: era como un invierno envuelto en la mejor manta. Pero a su vez, era como tropezar en la nieve: adquiriendo una sensación tan sumamente fría, que joder, cómo quemaba.
Todos la observaban de los pies a la cabeza, admirando a la que seguramente sería la mujer más hermosa que jamás hayan visto. Todos se derretían en su mirada, y arrastrados por su belleza se derramaban a sus pies. De hecho, todos pensaban que algún día ella y su perfecto cuerpo llegarían a una revista de Vogue.
Mientras se sentaba, ella tan sólo pensaba en lo desgraciada que era. Ella se adjudicaba los complejos que otros se encontraban observándola. Ella se había roto una y otra vez, y no como esas muñecas de cerámica, sino como se desgarra una revista por no poder ser la chica de la portada.
Ella era tan espontánea como el mechón de pelo rubio que de todas las miradas se apoderaba ondulado hacia el suelo.
Ella podía permitirse la locura. No importaba lo que hiciese, todos seguirían viendo su belleza. Su manera de ser feliz era un grito, y ella gritaba todos los días con la única excusa de que ‘le daba la gana’.  Ella leía cada noche, le encantaba las fantasías que la vida real nunca le daría.

Ella podía volar con los pies en el suelo.

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