martes, 7 de octubre de 2014

Me basta con la vida para justificarme.

Jamás he creído en dioses
y es por eso que aún está vacía
la silla de mi juez.
Nunca he estado a favor
de la existencia de alguien
con el cual rendir cuentas
de mis ideas.

Decidida a vivir,
busqué mentes complejas
que supieran simplificarse en palabras
y hojas secas con las que llenar el otoño
y acercar así mi primavera.

No tuve prisa,
dejé a los años acomodarse en mi pelo.
Estaba convencida
de que vivir no tiene transcendencia.

Y ocurrió
que caminé sobre libros
y entendí el motor del mundo.

Entonces comprendí
que la inmortalidad puede tomarse por adelantado.
Una eternidad que no se encuentra
en estatuas de parques,
o en firmas de libros.

Es otra mi razón.
Que no me lea
quien no haya visto nunca a la Tierra
conmoverse en un abrazo.

Me basta con la vida para justificarme.
Y cuando me citen a declarar mis actos
aunque sólo me escuche una silla vacía
será firme mi voz,
será fiel a mi por qué.
No por lo que la muerte me prometa,
sino por todo aquello
que no podrá quitarme.


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