Aquel hombre era invisible,
pero nadie se percató de ello.
Se tatuó margaritas en la piel
para no olvidar nunca
lo doloroso de dudar
del amor propio.
No eres tú;
soy yo.
Le dijo el espejo.
Una gota llevó a la otra.
Lavó su rostro.
Al abrir los ojos,
sólo descubrió su desolación en el espejo:
el tiempo había corrido
antes de lo esperado.
Él piedra.
Ella lago.
Fue una brutal historia
de ondas en el agua.
La vio caminar.
De su risa salían pájaros,
y él con su inseguridad
decidió llenarle la boca de plumas.
Él abrió,
entró con brutal violencia,
rompió cosas irreparables
y salió sin ceremonia.
Sólo entonces, callada,
ella pudo cerrar las piernas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario