Cada vez que se levanta de ese viejo banco mueve sus caderas
al son de melodías que él dibuja en su sonrisa. Sus anchos ropajes acarician el
aire que le rodea y, únicamente él sabe cómo morderse su labio inferior para
contenerse los nervios.
Muerde el lápiz como si tuviera hambre.
Su cuello hace círculos una y otra vez y el olor de su pelo corto
no hace más que embriagarle. Es imposible tenerlo entre mis brazos porque, aunque
no es de nadie, no quiero retener a ese alma tan libre.
Las mariposas recorren sus cuerpos pero ninguna anida en ellos.
Las mariposas recorren sus cuerpos pero ninguna anida en ellos.
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