Sus ojos, permanentemente dilatados. Esos ojos castaños que
me alegraban las mañanas estaban ya irreconocibles. Aquel pequeño ermitaño que
tanto me había ayudado años atrás necesitaba ahora mi ayuda. Me
miraba con morriña, exigiendo un abrazo que nadie se atrevía a darle.
Aquel niño que llegó lleno de inocencia es ahora un hombre, aún inocente, pero un hombre al fin y al cabo que sólo quiere ser el dueño de su vida, sin importarle lo más mínimo el daño que pueda causar en su entorno. Mientras me acercaba podía ver tras su ropa un corazón hecho añicos, arañado y destrozado por el paso del tiempo.
Ojalá pudiera llenarle los bolsillos de guerras ganadas, de sueños e ilusiones derramadas; ojalá pudiera cerrarle los puños y esperar a que llegue el otoño a su lado. Su futuro, ceñido a una vida de engaños e imperfecciones, amenazaba con rapiñar su adolescencia. Entre confusiones con fusiones de añoranza y extraños cariños nunca recibidos, el combustible del deseo de abrazarle ardía fervientemente tal como prende la leña en pleno fuego.
Y yo, viendo lloviendo mientras anochece a nuestro alrededor. Mientras que a algunos les relaja hacer yoga o tomar un té, a él lo hacía el mero hecho de recibir un abrazo sano y sincero. Me agarró una mano mientras me apretaba contra su pecho en un impulso de necesidad. Un corazón inanimado que ahora cobraba un poco más de sentido. Las ruinas de una reina que algún día tuvo un imperio a sus pies, y que ahora salen a la luz con un abrazo.
Aquel niño que llegó lleno de inocencia es ahora un hombre, aún inocente, pero un hombre al fin y al cabo que sólo quiere ser el dueño de su vida, sin importarle lo más mínimo el daño que pueda causar en su entorno. Mientras me acercaba podía ver tras su ropa un corazón hecho añicos, arañado y destrozado por el paso del tiempo.
Ojalá pudiera llenarle los bolsillos de guerras ganadas, de sueños e ilusiones derramadas; ojalá pudiera cerrarle los puños y esperar a que llegue el otoño a su lado. Su futuro, ceñido a una vida de engaños e imperfecciones, amenazaba con rapiñar su adolescencia. Entre confusiones con fusiones de añoranza y extraños cariños nunca recibidos, el combustible del deseo de abrazarle ardía fervientemente tal como prende la leña en pleno fuego.
Y yo, viendo lloviendo mientras anochece a nuestro alrededor. Mientras que a algunos les relaja hacer yoga o tomar un té, a él lo hacía el mero hecho de recibir un abrazo sano y sincero. Me agarró una mano mientras me apretaba contra su pecho en un impulso de necesidad. Un corazón inanimado que ahora cobraba un poco más de sentido. Las ruinas de una reina que algún día tuvo un imperio a sus pies, y que ahora salen a la luz con un abrazo.
La luna se derrite con el calor que desprende y se derrama sobre los tejados.
A nuestros pies, la noche.
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