miércoles, 10 de septiembre de 2014

Ni viernes ni voy.

Llegaron al bar de las palabras.
"Una tapa, por favor".
El camarero le sirvió esta vez una estrofa de Cortázar.
Era su antro preferido.

Sonaba <contigo>, de Sabina.
En esa canción se perdió él
y fue justo cuando se encontraron.
Juntos perdieron las formas
y encontraron el ritmo.

Consiguió que ella se enamorara
de sí misma,
y luego de él.

Pero un día despertó
y ella era adulta,
y desde entonces vivía preguntándose qué sería cuando fuera niña.

Tenían memoria fotográfica.
Pero ella desnuda
no era fotogénica.

Él cada noche conspiraba con la Luna
para cumplir todo lo que ella soñaba.
Pero cada vez que aparecía el Sol,
le desmantelaba todos los planes.

Todas las semanas eran igual.
“Me dices que viernes.
Y al final nada.
Ni viernes ni voy.” Decía ella.

Bebían para olvidarse.
Pero cada uno seguía siendo la resaca del otro.
Y en el fondo de la botella tampoco estaba ella.

Cada vez que recordaba por qué alguna vez la quiso,
volvía a quererla de nuevo.

La locura se sumó a la depresión
y Van Gogh nunca más sonrió de oreja a oreja.

Y convencidos de que el amor es ciego,
pactaron jamás volver a verse.


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