Mis padres me enseñaron a esquivar las hostias que otros
lanzaban, y a coserme las heridas con hilo de acero. A que las sotanas doradas
de los hijos predilectos escondían más secretos que piel, y que tu
religión no es más que una ilusa falacia. Aprendí que las editoriales no
marcaban destinos, y que las historias que acaban bien no tienen ningún
atractivo. Crecí, y abandoné manadas cuando se volvieron rebaños, dejando la
marca de mis pezuñas en el camino. Escogí volar a ras del barro y así evitar las
nubes de gente que ahogan. Tantas veces me ensucié la cara, como lágrimas lavaron
mis manchas. Y aunque no queden barrizales sin mis llantos, siempre tendré unos
brazos donde acunarme. Prefiero los charcos a los barcos, y los grillos a
los gritos. Quédate con tus vigas de mentira y deja que malgaste mi vida entre la
lluvia.
Hermoso amiga. Ya llevaba tiempo sin disfrutar de tu armonía, tienes que volver a coger el ritmo que nos tienes abandonados. Un abrazo.
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